lunes, 25 de octubre de 2010

NO TE ENCUENTRO...

NO TE ENCUENTRO.
“No te encuentro,  no sos vos…” pensaba la mujer mientras observaba a la enferma.
Estaba inmóvil, pálida, la piel desprovista del rubor que provoca la agitación o el movimiento.
Llevaba meses  así…las enfermeras no acusaban ningún cambio y el médico que pasaba a diario por el exclusivo lugar para ancianos solo se detenía a tomar su signos vitales.
“No puedo verte así… no quiero volver”… silenciosamente repetía la negación como si ese simple acto de rebeldía pudiera alejarla del olor a deterioro, a remedios, desinfectante… algo de talco y crema para escaras.
No pudo acercarse a besar esa piel fría y algo seca… los ojos perdidos, entrecerrados, respiración regular…. Se recostó contra la puerta cerrada de la pulcra habitación, no había otra cama ocupada, estaban solas… pagaba para que la atiendan, para que la alimenten y la cuiden.
Su mente cansada por la suma de responsabilidades y pendientes que ahora agradecería poder atender,  el pesar por no aceptar lo irremediable, no poder evitar el rechazo de ver a alguien tan querido en semejante estado de letargo …tan ausente…tan consumidas sus fuerzas.
No eran familiares sanguíneas… no había un lazo biológico entre las dos… pero los recuerdos más lindos de su infancia estaban ligados a ella….a lo que ella fue, una inmigrante enérgica, fuerte, divertida, llena de colores, canciones y juegos sorpresas aún en las tardes de lluvia.
Cuando ella era una nena tímida, delgadita y con la boquita a punto de hacer “pucheros” porque todo la superaba, le daba vergüenza o temor… el refugio amado y seguro eran esos brazos morenos, regordetes, firmes… el pecho amplio con olor a ropa secada al sol.
Era la cocinera de la casa, la encargada de que la ropa blanca y la de color no se mezclaran, la que zurcía las medias mientras escuchaba el radioteatro de la tarde, la que siempre tenía tiempo para desenredarle el cabello sin tironearlo, la que le contaba las historias de su tierra mientras le enseñaba los secretos de una buena salsa… o a preparar el verdadero puchero… remojando garbanzos casi al amanecer.
Ella la amaba… jamás se había planteado que pudiera irse a otra casa, a otra provincia, mucho menos que se casara y formara un hogar lejos de ella, hubiera podido prescindir de sus propios padres, siempre lejanos, viajando incansablemente de un lado al otro, sus noches itinerantes de fiestas en fiestas, teatros…el hogar era sólo un… “pied a terre”….
Ella fue la que le habló claro cuando se fue haciendo “señorita”… de los hombres acerca de los cuales parecía saber mucho… aunque nunca se le conoció uno.
Se secó una lágrima, debía volver a su vida…su refugio, su excusa…. No soportaba verla postrada, entregada, no escuchar esa voz tan querida…hubiera podido decir que no toleraba verla sufrir, pero no podía engañarse a sí misma… lo que no soportaba era su propio dolor, su incapacidad para encontrar en ese cuerpo reducido a quien fuera su más grande fortaleza.
Le envió un beso con la punta de los dedos… cuadrò los hombros algo caídos y silenciosamente dejó la habitación… saludó a las enfermeras al pasar, se encaminó al estacionamiento, desactivó la alarma de su confortable último modelo, maquinalmente dejó su bolso en el asiento del acompañante, se bajó los lentes oscuros y sin poner música ni bajar las ventanillas partió del doloroso lugar… no tenía a nadie allí, entregaba sus fuerzas, su entereza y toda su energía… saliendo débil, agotada  y vencida.
“No te encuentro… Nana… esa no sos vos.”.


Patricia Figura, octubre de 2010

2 comentarios:

  1. Qué desolados puede dejarnos la enfermedad de algun ser querido que sabemos no tiene retorno...

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