LA PROFE
Sus dedos largos, con uñas sin esmaltes y anillos de
plata pulida, tamborileaban como al descuido sobre el escritorio del aula
escolar.
La mirada perdida en sus pensamientos, miraba casi
sin ver.
Silencio
de examen.
Los alumnos de la secundaria batallaban en una de
las “últimas oportunidades” para salvar la materia….una de la cinco o seis que
la institución o el ministerio” sugiere” para dar posibilidades a los
adolescentes de aprobar,
Y así se llegaba al nivel terciario…casi
naufragando, pero esa era otra historia.
Una
cabeza rubia, cabizbaja, que si bien jugueteaba con la birome, no parecía escribir
demasiado, llamó una vez más su atención.
Algo le pasaba….hacía días que estaba taciturno, ceñudo,
la miraba tan penetrante como siempre, pero no se dibujaba su sonrisa rápida y
contagiosa, no estaban las bromas que parecían no tener fin y que matizaban sus
días…sin decir nada daba media vuelta y se iba.
Todos sus alumnos eran queribles, divertidos,
educados, graciosos…pero él era especial, marcaba presencia, demandaba su atención
como si no tuviera más de cinco años, le hacía acordar a sus propios hijos siempre en pugna uno con otro para acaparar
sus sentidos.
El resto de sus compañeros se reían de las demandas de él, de sus declaraciones de preferencia sobre cualquier otra profesora que
haya tenido o pueda tener.
Si bien ella cortaba de manera risueña pero firme
los calurosos saludos adolescente, guardaba en su corazón cada una de sus
demostraciones, era un bálsamo lo que recibía
en el trabajo en contraste con su realidad familiar.
El egoísmo de su esposo, cómodo en sus salidas con
amigos, siestas eternas, poco románticas, su escapismo en el control remoto del
televisor…sus hijos con exigencias y celos entre ellos.
Nada muy diferente a lo que pasa usualmente en la mayoría
de los hogares en donde se hace malabares para sostener la economía familiar y
donde de a poco se van alejando entre sí….o se acercan para el pase de
facturas.
“Siempre hay un hijo que da y otro que recibe”….o al
menos es lo que ella sentía con respecto a sus propios padres, ahora, en el
ocaso y deterioro, reclamaban su presencia, muy diferente a cuando estaban
sanos y fuertes…absolutamente dueños de sí.
Sus
ojos se fijaron en él, la hoja no estaba
en blanco, suspiró aliviada, se anotó mentalmente comentar con la preceptora
acerca del cambio en su actitud y semblante, cuando su alumno estaba así era inútil
intentar conversar o ayudarlo.
“Profe sos la más linda de todas” “Profe, esa remera
me habla a mí?” refiriéndose a la inscripción en idioma extranjero en que
invitaba al supuesto lector a conocer su interior, “Profe… este tema es para
vos” y ahí mismo, en pleno salón improvisaba un karaoke con alguna letra que
dejara clara su devoción..
Esbozó
una sonrisa involuntaria y él justo levantó la vista.
No le respondió con ningún gesto que hubiese sido lo
habitual, apenas una mueca de costado.
En una semana comenzaría el receso escolar, el año
que viene si bien sería alumno de la institución, ya no de ella.
Era un grupo hermoso, se trabajaba estupendamente
bien con todos, habían compartido viajes de estudio, cenas, actos, estaba
invitada a la recepción de quinto que ya se estaba planificando.
Los iba a extrañar muchísimo!!!...lo iba a extrañar.
¿Qué sería lo que
le pasaba? ¿Por qué estaba con esa expresión tan triste? ¿Por qué no
confiaba ni en su mejor amigo?.
Suspiró, se disponía a pararse y recorrer entre los
bancos cuando él se acerca y le extiende su examen.
La
mirada cómplice se pudo percibir por un instante, enseguida sus ojos perdieron
la luminosidad y a ella el alma se le estrujó.
Murmuró entre dientes un saludo y abandonó el aula,
tal como podían ir haciendo a medida que terminaban.
Uno a uno fueron terminando, se saludaron, acordaron
la fecha de entrega de calificaciones, ella acomodó sus cosas, se colgó el
bolso sin prender el celular hasta no salir del colegio, preparó las llaves del
coche, no quería derretirse en el
asfalto después de caminar tres cuadras.
En un recodo, al doblar por uno de los pasillos, lo
encuentra reclinado contra la pared, con las carpetas a un costado, la mirada
fija en ella, titubeó como si fuera una adolescente que no sabía bien qué hacer…saludarlo
al pasar, guiñar un ojo a modo de saludo tal como hacía usualmente para no
andar a los gritos, agitar una mano…no había nadie más, sus pazos retumbaban en
el silencio de una escuela medio desierta a mediados de un diciembre caluroso.
_Profe…._ dijo él muy bajo y sin su estridencia
habitual, separándose de la pared_ te
voy a extrañar…mucho, sos la mejor.
Le dejó un beso suave en la mejilla, no esperó un
gesto de ella ni una respuesta, un “yo también los voy a extrañar”, dio media
vuelta y se alejó por el portón vidriado que ella misma atravesaría minutos después.
Algo le apretaba en la garganta, sus ojos se humedecían
rápido últimamente, tenía calor, no sabía todavía qué les iba a dar de almorzar
a toda su troupe, se acordó que habían quedado
empanadas de la noche anterior, “que coman eso a medida de que se vayan
levantando”, salió al sol refulgente, se calzó las gafas de sol, encendió el
celular, tenía diez whatsapp que ver, revisó que no fueran urgentes y cerró la
pantalla.
El fin de año estaba cerca.
No
había hecho las compras navideñas.
Su marido estaba particularmente cargoso con el tema
vacaciones.
Ella solo quería un poco de paz…suspiró de nuevo y
se encaminó hacia su coche, su familia, su vida.
Patricia Figura, enero de 2016
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